Se volvió a sentir, una vez más, un nutrido tiroteo proveniente de diferentes edificios… girándose órdenes de hacer fuego precisamente sobre aquellos puntos donde fueron localizados los francotiradores. Esta acción duró aproximadamente 30 minutos.

Controlada la situación, se ordenó a las unidades efectuar la búsqueda de los francotiradores, por lo que se dispuso se tomaran definitivamente todos los edificios, donde se encontraban apostados éstos y se capturaran.

Como consecuencia de lo anterior, fueron puestos a disposición de las autoridades civiles, 230 individuos capturados en el edificio Chihuahua; 130 de los edificios Revolución 1910, Molino de Rey, 20 de noviembre y Chamizal; así como 200 de los capturados que eran del mitin.

A las nueve de la noche me comuniqué con el jefe del Estado Mayor para indicarle que ya no corrían ningún peligro si salían con cuidado, y poder así remitir a los detenidos.  Él me informó que el secretario no estaba, por lo cual esperamos órdenes.

Después recibimos la orden de transportar a los detenidos en vehículos militares que se estacionarían a un lado del edificio Chihuahua.

Así nos transportamos al Campo Militar, desviándome yo a la Secretaría de la Defensa Nacional para informar personalmente al secretario, pero el jefe del Estado Mayor me aclaró que el señor secretario se había retiró a domir, que ya daré mis novedades hasta el día siguiente.

Según los propios registros del ejército, hay detenidos más de mil manifestantes, de los cuales 363 fueron conducidos al Campo Militar Número Uno, 83 a la jefatura de policía y 597 fueron distribuidos entre la cárcel preventiva de la ciudad y la Penitenciaría del Distrito Federal.

La estudiante Esther Fernández dice que el niño que hirieron los soldados no ha sido atendidos. “Con una herida de ese tamaño, y esperar dos o tres horas… me imaginó que murió, porque apenas nos están sacando y nos llevan detrás de la iglesia”, dice.

Comienza el desalojo de la Plaza. Los únicos vehículos que salen del área son los del ejército, con rumbo al Campo Militar Número Uno, con detenidos, heridos y muertos.

Concluye el rastreo por el área habitacional buscando a los sospechosos de pertenecer al movimiento estudiantil.

Junto con otros fotógrafos, Jaime González había sido comisionado para que cubrir la información del mitin estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas… irrumpió en mi oficina. Quedó de pie, apoyadas las manos sobre el anticuado escritorio que heredé del señor Becerra Acosta…

–¿Qué te pasa, Jaime?

–Fue espantoso

–Estás lívido

–Pisé cadáveres. Blandos. Me sumía

La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran. El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí.

–¿Qué viste? Dime

Me dio la espalda y se apartó unos pasos, descompuesto.

En el trayecto, un soldado se divierte picando con un palo el trasero de varios compañeros.

Por una rendija percibo que los camiones toman el Viaducto y se enfilan al Periférico, entran al Campo Militar No. 1

Nos hacen bajar y un oficial joven regaña a un soldado que se extralimita en la rudeza; nos forman y preguntan si había alguna queja, un joven levanta la mano y le dice brevemente lo de los disparos en Tlatelolco, de inmediato lo separan y reitera la pregunta.

Nadie contesta y nos hacen pasar a los dormitorios de los soldados.

Inicia el traslado de los detenidos a la prisión del Campo Militar Número Uno.

Desde la planta baja del edificio Chihuahua hasta donde están estacionados los camiones militares, en la calle Manuel González, los soldados y agentes secretos forman una doble fila de más de 200 metros, a través de los cuales los compañeros son obligados a pasar uno por uno, en medio de una lluvia de golpes de culata, escupitajos, insultos y amenazas.

Al llegar a los camiones, con las manos atadas por la espalda, los soldados los obligan a subir a los transportes, jalándolos de los cabellos y empujándolos a culatazos.

Todas las personas están detenidas, con excepción de los fotógrafos y periodistas que pudieron identificarse. Ninguna persona puede abandonar o entrar a la zona, salvo rigurosa identificación.

Unos 300 tanques, unidades de asalto, jeeps y transportes militares tienen rodeada la zona, de Insurgentes a Reforma, hasta Nonoalco y Manuel González.

Prensa
2 de octubre 9:20 pm

El mitin convocado por el CNH en la Plaza de las Tres culturas fue dispersado por el ejército y la policía, lo que originó un encuentro a tiros que se prolongó durante más de una hora.

Hay decenas de personas heridas y un número aún no determinado de muertos.

Los hospitales de la Cruz Roja y de la Cruz Verde quedaron bajo control policiaco desde las 21 horas. La orden fue dada por el general Raúl Mendiolea Cerecero, subjefe de la policía.

Varios edificios han sido ocupados en su totalidad por la tropa, y algunos otros están siendo cateados.

Los elementos del Batallón Olimpia, vestidos de civil, tienen como contraseña un pañuelo envuelto en la mano derecha. Así se identifican unos a otros, y se les oye gritar: ¡Batallón Olimpia, no disparen!

Cientos de personas con las manos en alto son conducidas por los soldados hasta el muro sur de la iglesia de Santiago Tlatelolco.

Han sido atendidos cerca de un centenar de heridos de bala de gran calibre.

El primer grupo de muertos alcanzó la cifra de 40, entre los que se encontraban: un adulto vestido en pijama con un balazo en el estómago calibre 45 y disparado a boca de jarro, algunos niños, una mujer embarazada, más mujeres y jóvenes.

Entre las 7 y 8 de la noche el general Crisóforo Mazón Pinedame pidió autorización para registrar los departamentos, desde donde todavía los francotiradores hacían fuego a las tropas. Se le autorizó el cateo.

Habían transcurrido unos 15 minutos cuando recibí un llamado telefónico del general Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial, quien me dijo: Mi general, yo establecí oficiales armados con metralletas para que dispararan contra los estudiantes, todos alcanzaron a salir de donde estaban, sólo quedan dos que no pudieron hacerlo, están vestidos de paisano, temo por sus vidas. ¿No quiere ordenar que se les respete?.

Le contesté que en esos momentos le ordenaría al General Mazón, cosa que hice inmediatamente. Pasarían 10 minutos cuando me informó el General Mazón que ya tenía en su poder a uno de los oficiales del Estado Mayor y que al interrogarlo contestó el citado oficial que tenían órdenes él y su compañero del Jefe del Estado Mayor Presidencial de disparar contra la multitud.

Prensa
2 de octubre 8:50 pm

El Hospital de la Cruz Roja informa haber atendido a 50 heridos de bala de fusil, entre ellos 15 niños.

(Información de Excélsior)

Con la cara descompuesta, silencioso, veo entrar a otros compañeros del CNH, como Félix Gamundi, Eduardo Valle y Pablo Gómez.

Nos hacen salir del edificio Chihuahua por su parte trasera. Afuera hay miles de soldados que, entre otras cosas, forman una doble columna que se extiende desde la salida del edificio hasta la calle Manuel González (unos cien metros). A cada estudiante nos hacen pasar en medio de ella, y en el trayecto nos gritan, nos escupen, nos golpean; entierran la punta de su bayoneta, nos ponen zancadillas y ya en el suelo nos patean e insultan:

–¡Hijo de la chingada! ¡Pinche comunista! ¡Hijo de puta! ¡Maricón!

Jamás imaginé que al asomarme afuera del edificio Chihuahua vistiendo el suéter que había usado el maestro ceremonias del mitin, Anselmo, me confundieran con él.

-¡Ese es el líder! ¡Ese es el que dirigió el mitin!

Después de recibir la noticia, por parte de Gastón García Cantú, sobre los hechos ocurridos en Tlatelolco, busqué comunicación telefónica con el presidente Gustavo Díaz Ordaz. Me dijo que había habido algunos heridos y muertos, pero en pequeño número; sin embargo, después tuve informes más amplios, mostrando, en su verdadera dimensión, lo que había sido aquello: de magnitud catastrófica.

Volví a lograr comunicación con el presidente. Entonces me dijo que, infortunadamente, se había podido comprobar que era bastante mayor el número víctimas.

Archivo fotográfico Francisco Xavier Clavigero, IBERO

El fuego intenso duró aproximadamente 30 minutos. Los disparos disminuyeron, pero el tiroteo se mantuvo hasta ahora.

En este lapso se evitó que las ambulancias de las cruces Roja y Verde llegaran a la Plaza de las Tres Culturas.

Éstas son algunas imágenes de la detención de líderes del movimiento y jóvenes, en el edificio Chihuahua.

Prensa
2 de octubre 8:10 pm

El reportero Jorge Avilés, e El Universal, narra:

A las 19:00 el fuego sobre el edificio Chihuahua alcanzó tal magnitud, que comenzó a incendiarse gran parte de él.

Las llamas alcanzan del piso 10 al 13 y muchas familias tuvieron que salir de la zona, en medio del intenso tiroteo, cargando a sus pequeños arriesgándose a ser heridos. Muchos cayeron por las balas.

Cuando se callaron las ametralladoras, los tipos de guante blanco nos agarraron a los periodistas y a los estudiantes que estábamos ahí y nos encerraron en un departamento.

Nos ordenaron ponernos de espalda contra la pared. Y empezaron a hacer una selección. Yo tenía mi credencial de prensa metida entre los dientes.

Llegó un oficial de la policía. Ordenó trasladar a todos los periodistas y fuimos escoltados por los tipos de guante blanco. Uno de ellos disparó contra la cerradura para abrir la pierta.

Este segundo departamento es más amplio que el primero y está seco. A Charles Courrière, fotógrafo de Paris Match, le confiscaron todos sus rollos y lo desnudaro para ver si no tenía más escondidos. A mí también me confiscaron mis cintas, menos una, en la que tengo grabado el principio de la balacera.

Otro oficial nos pidió pasaportes, credenciales de prensa y nos preguntó en qué hoteles estamos hospedados. Se fue con nuestros documentos.

Afuera, de vez en cuando, se oyen disparos.

En el primer piso hay un intenso tráfago de soldados y policías. Me hacen entrar a un departamento sin muebles en el que están otros estudiantes recargados sobre la pared, con piernas y brazos abiertos, a quienes los soldados catean y despojan de sus bienes.

Al cruzar la entrada, de lado del derecho está una gente de la DFS y frente a él, sentado dentro de una suerte de clóset, está Sócrates Campos Lemus, que no recibe el mismo trato que los demás detenidos: él está sentado con las manos al parecer esposadas y conversa tranquilo con el agente de la Federal.

Nos hacen descender en fila india, con las manos en la nuca.

Al bajar del segundo al  primer piso pasamos frente a un individuo vestido de civil de unos 50 años, grueso, rubio, que sostiene en su mano derecha una pistola escuadra, y nos pide identificarnos con nombre completo y el de nuestra escuela.

Se me ocurre la torpe idea de dar un nombre falso:

–Dime tu nombre

–José Santiago Díaz, UNAM

Detrás de mi, un joven se niega a dar su nombre:

–¿Por qué tengo que dar mi nombre? ¿Quién es usted?

El hombre estrelló su pistola contra el rostro del joven.

–¿Te crees muy inteligente, imbécil? ¡Todos ustedes son unos imbéciles!

Oímos los gritos de los estudiantes cuando los golpean y los gritos de los soldados: “¡Agáchense, cabrón! ¡Las manos sobre la nuca! ¡Agáchense, hijo de la chingada! Y ¡Batallón Olimpia! ¡Batallón Olimpia!”.

Advertimos que están desalojando uno a uno los departamentos.

Ante la evidencia de que seremos detenidos me deshago de mi credencial de estudiante, colocándola en una ranura en la pared. Me guardo 100 pesos que traigo en el calcetín del pie izquierdo.

Súbitamente, los soldados llegan a nuestra puerta y golpean con la culatada de un rifle:

“¡Abran! ¡Abran, hijos de la chingada! ¡Si no abren, vamos a tirar la puerta!”

Anselmo se adelanta y abre la puerta. Los demás estamos petrificados.

Los soldados, armados con ametralladoras que nos apuntan, dicen: “¡A ver, cabrones! ¿Traen armas?”

-No, no.