12 de octubre

Los soldados me jalaron del pelo, me levantaron en vilo y me aventaron, como costal, sobre la plataforma de un camión militar donde se encontraban otros estudiantes amontonados.  Quedamos apilados, unos sobre otros, y cuando alguien intentaba quejarse recibía una lluvia de culatazos o piquetes de bayoneta. Así nos transportaron al Campo Militar número uno, a la prisión militar.

Era tal vez la una de la mañana de una noche gélida cuando descendí del transporte militar. Me sentí totalmente vacío. Nos formaron en un rectángulo sobre la explanada y yo quedé colocado en una esquina desde donde pude ver a mis amigos: junto a mí, tranquilo, estaba  Pablo Gómez; más allá Luis González de Alba, descamisado; a su lado, Florencio “El Flaco” López Osuna con la ropa hecha jirones y la cara amoratada, inflamada (…) Enseguida apareció un soldado chaparro y feo que recorrió las filas señalando a cierta gente al tiempo que gritaba: ¡Este es del partido Central Comunista! ¡Este es del partido Central Comunista!.

Cuando llegó a donde yo estaba exclamó igual: ¡Este es del partido Central Comunista!