Gilberto Guevara Niebla

Dirigente estudiantil de la Facultad de Ciencias de la UNAM

El uso de la violencia es elemento ajeno a los intereses de los estudiantes. Lo único que ha mantenido a los estudiantes es la lucha pacífica y legal por los seis puntos, conocidos como pliego petitorio.

 

El CNH jamás se propuso hacer la revolución; nunca se trató el tema de hacer uso de armas, pues el movimiento parte de la base de que todavía es posible hacer reformas en el país que pueden resolver problemas sociales, como los seis puntos del pliego petitorio.

Si ha habido actos de violencia, ha sido por parte de estudiantes al margen de la autoridad del CNH, pues éste aconsejó siempre la razón y la inteligencia. Es probable que el 2 de octubre hubiera gente extraña incrustada dentro del movimiento, siempre ha habido provocadores, en general de organizaciones de ultraderecha como el MURO o de muchos sectores del gobierno.

Tras días de tortura, me presentaron ante la prensa. Entre los periodistas había varias personas corpulentas (evidentemente policías disfrazados) que se abalanzaron frente a mí, como tratando de golpearme y lanzándome insultos.

–¡Asesino! ¡Asesino!

–Yo no soy asesino, ninguno de nosotros los estudiantes somos asesinos. El movimiento estudiantil es legal y pacífico.

Luego vinieron preguntas agresivas: ¿Quién disparó desde el edificio Chihuahua?

–No lo sé, pero no fuimos los estudiantes.

–¿De dónde te sacaron las armas?

–Los estudiantes nunca usamos armas de fuego, nuestras únicas armas han sido nuestras ideas. El movimiento estudiantil ha sido legal y pacífico.

–¿Se considera usted un preso político?

–Soy un preso político. Preso Político es aquella persona a quien se encarcela por sus ideas, y ése es mi caso.

–Pero lo están acusando de homicidio.

–Los delitos comunes sirven para ocultar el verdadero motivo.

Me sacaron de la celda y me condujeron a la oficina en donde estaba un oficial de alta graduación tras un escritorio. Junto a él, de pie, otro oficial, al parecer de menor rango. El del escritorio era un hombre moreno, de bigote abundante, estatura regular, de aspecto regordete; el otro era rubio, alto y robusto. El del escritorio me preguntó:

–Dime tu nombre

–José Santiago Díaz, contesté.

-¡A mí no me vas hacer pendejo! ¡Tú verdadero nombre!

-José Santiago Díaz

Dándome la espalda, el rubio descargo de repente un golpe brutal contra mi pecho:

–Mira, cabrón, los conozco bien a ustedes. Pinches universitarios. Yo trabajé varios años en el centro de cálculo de la UNAM. Tú no te llamas como dices.

Yo estaba en el suelo, sofocado, cuando el militar me ordenó:

-¡No voltees hacia la puerta, cabrón! ¡No voltees!

Alguien se colocó en la entrada, proyectando su sombra nítida en el interior del cuarto. Luego se retiró. Entendí que alguien me había identificado.

–¡Sabemos quién eres, hijo de la chingada! Pero tú nos lo vas a decir.

Nuevos golpes.

-Me llamo Gilberto Guevara Niebla.

— Me vas a decir, algo hijo de la chingada: ¿dónde se oculta Perelló? ¿Dónde?

–No sé.

Me volví a poner de pie. En ese momento un militar regordete, de aspecto “humano” se me acercó por otro lado gritándome con voz suplicante:

–¡Habla, muchacho! ¡Habla! Si no hablas te van a matar ¡Te van a matar!

El alto volvió  a golpearme en la cara brutalmente. Mi cabeza parecía estar a punto de estallar. Sentí el sabor de la sangre en la boca. Entonces escuché a mi propia voz ajena, remota, desconocida, destrozada por la tortura.

–Calle Balderas número 55.

–¡Ya estuvo! – exclamó el gorila

— ¿Ve usted, señor, que todos estos pinches comunistas son unos miserables?

Un oficial me jaló sacándome de la fila de detenidos. Entre insultos me hizo llevar por otros soldados hasta un edificio cercano de una planta. Era una galería de celdas para visitas conyugales de los presos. Me hicieron entrar en la primera celda que tenía aproximadamente tres metros de largo por dos de ancho y dentro de la cual había como único inmobiliario una litera metálica con un colchón encima. Al hacerme entrar en esa ratonera, el oficial, que no ocultaba su furia, le quitó el colchón a la litera diciendo:

–¡Tú no mereces dormir bien, hijo de la chingada!

Al cerrarse la puerta de la celda, quedé por fin solo (…) No pensé nada.  Mi cabeza giraba y las extremidades me temblaban. Me recosté sobre el tambor desnudo de la cama y, aunque me dolía todo el cuerpo, me dormí. El frio era entumecedor (…) No sé a qué hora llegó un pelotón de soldados. En ese grupo había un chaparro siniestro que nos había señalado la noche anterior y me miraba constantemente con odio mortal, al mismo tiempo que no perdía oportunidad de golpearme con la culata de su rifle:

–Pinche comunista, ¿no que eres muy cabrón? Ahora si te va a llevar la chingada.

Los soldados me jalaron del pelo, me levantaron en vilo y me aventaron, como costal, sobre la plataforma de un camión militar donde se encontraban otros estudiantes amontonados.  Quedamos apilados, unos sobre otros, y cuando alguien intentaba quejarse recibía una lluvia de culatazos o piquetes de bayoneta. Así nos transportaron al Campo Militar número uno, a la prisión militar.

Era tal vez la una de la mañana de una noche gélida cuando descendí del transporte militar. Me sentí totalmente vacío. Nos formaron en un rectángulo sobre la explanada y yo quedé colocado en una esquina desde donde pude ver a mis amigos: junto a mí, tranquilo, estaba  Pablo Gómez; más allá Luis González de Alba, descamisado; a su lado, Florencio “El Flaco” López Osuna con la ropa hecha jirones y la cara amoratada, inflamada (…) Enseguida apareció un soldado chaparro y feo que recorrió las filas señalando a cierta gente al tiempo que gritaba: ¡Este es del partido Central Comunista! ¡Este es del partido Central Comunista!.

Cuando llegó a donde yo estaba exclamó igual: ¡Este es del partido Central Comunista!

 

Con la cara descompuesta, silencioso, veo entrar a otros compañeros del CNH, como Félix Gamundi, Eduardo Valle y Pablo Gómez.

Nos hacen salir del edificio Chihuahua por su parte trasera. Afuera hay miles de soldados que, entre otras cosas, forman una doble columna que se extiende desde la salida del edificio hasta la calle Manuel González (unos cien metros). A cada estudiante nos hacen pasar en medio de ella, y en el trayecto nos gritan, nos escupen, nos golpean; entierran la punta de su bayoneta, nos ponen zancadillas y ya en el suelo nos patean e insultan:

–¡Hijo de la chingada! ¡Pinche comunista! ¡Hijo de puta! ¡Maricón!

Jamás imaginé que al asomarme afuera del edificio Chihuahua vistiendo el suéter que había usado el maestro ceremonias del mitin, Anselmo, me confundieran con él.

-¡Ese es el líder! ¡Ese es el que dirigió el mitin!

En el primer piso hay un intenso tráfago de soldados y policías. Me hacen entrar a un departamento sin muebles en el que están otros estudiantes recargados sobre la pared, con piernas y brazos abiertos, a quienes los soldados catean y despojan de sus bienes.

Al cruzar la entrada, de lado del derecho está una gente de la DFS y frente a él, sentado dentro de una suerte de clóset, está Sócrates Campos Lemus, que no recibe el mismo trato que los demás detenidos: él está sentado con las manos al parecer esposadas y conversa tranquilo con el agente de la Federal.

Nos hacen descender en fila india, con las manos en la nuca.

Al bajar del segundo al  primer piso pasamos frente a un individuo vestido de civil de unos 50 años, grueso, rubio, que sostiene en su mano derecha una pistola escuadra, y nos pide identificarnos con nombre completo y el de nuestra escuela.

Se me ocurre la torpe idea de dar un nombre falso:

–Dime tu nombre

–José Santiago Díaz, UNAM

Detrás de mi, un joven se niega a dar su nombre:

–¿Por qué tengo que dar mi nombre? ¿Quién es usted?

El hombre estrelló su pistola contra el rostro del joven.

–¿Te crees muy inteligente, imbécil? ¡Todos ustedes son unos imbéciles!

Oímos los gritos de los estudiantes cuando los golpean y los gritos de los soldados: “¡Agáchense, cabrón! ¡Las manos sobre la nuca! ¡Agáchense, hijo de la chingada! Y ¡Batallón Olimpia! ¡Batallón Olimpia!”.

Advertimos que están desalojando uno a uno los departamentos.

Ante la evidencia de que seremos detenidos me deshago de mi credencial de estudiante, colocándola en una ranura en la pared. Me guardo 100 pesos que traigo en el calcetín del pie izquierdo.

Súbitamente, los soldados llegan a nuestra puerta y golpean con la culatada de un rifle:

“¡Abran! ¡Abran, hijos de la chingada! ¡Si no abren, vamos a tirar la puerta!”

Anselmo se adelanta y abre la puerta. Los demás estamos petrificados.

Los soldados, armados con ametralladoras que nos apuntan, dicen: “¡A ver, cabrones! ¿Traen armas?”

-No, no.

Estoy en el baño del departamento. Debido a las balas, las tuberías se rompieron. Estoy empapado y tiemblo. Anselmo me dio su suéter.

Advierto que muchos delegados del CNH están aquí reunidos: además de Félix Gamundi están Eduardo Valle, Pablo Gómez, Anselmo Muñoz, David Vega.

Somos no menos de 20 delegados.

El tumulto es indescriptible. La gente corre y grita sin detenerse.

Tocamos la puerta del departamento de la novia de Félix Gamundi, en el quinto piso del Chihuahua, y tocamos la puerta. Somos como 20, pedimos a gritos que nos dejen entrar, pero la puerta no se abre.

“Vayan a otro departamento”, contestan. “¡Es Guevara, Gilberto Guevara”, nos identificamos.

Nos abren y logramos entrar.

Estoy de espaldas a la plaza, pero un grito de la multitud me hace girar: “¡Los soldados, los soldados!”, se oye.

En el fondo, por el oriente, sobre el puente de Santa María la Redonda, una columna de soldados perfectamente ordenada, rifles al pecho, avanza en dirección a nosotros.

 

Ahora un individuo intenta penetrar la terraza; dice que es estudiante de Derecho, pero nosotros le respondemos que sólo pueden acceder periodistas.

A estos sucesos extraños se suma un señor que surgió del cubo de la escalera para entregarme un supuesto mensaje del guerrillero Genaro Vázquez. La carta que me da es, a todas luces, apócrifa. Se la regreso y él se retira haciéndome mala cara.

Estos incidentes no son normales.

En los accesos al tercer piso del edificio Chihuahua, donde me encuentro, ocurren cosas extrañas. Un amigo, desde la escalera, me dice que “esto está lleno de pelones; por todas partes hay gente de pelo corto: son judiciales o soldados”.

Otro amigo dice que el ejército se aproxima; veo soldados detrás de los edificios.

Habla Anselmo Muñoz. Viste un suéter rojo que lo distingue… se expresa con un estilo ruidoso, con giros rápidos y a gritos, y anuncia: “Recibamos con gran aplauso, compañeros, a la delegación de Patanco de los trabajadores de los ferrocarrileros”.

La gente ve llegar por el sendero que comunica la Plaza con la Vocacional 7 una columna de trabajadores que traen una manta gigante con sus siglas. Estallan los aplausos.

Durante la asamblea del Consejo Nacional de Huelga que se llevó a cabo en la ESIME de Zacatenco,  tomó la palabra Ayax Segura Garrido y, sin que viniera al caso, a gritos expuso lo siguiente:

–¡La lucha ha pasado a otro nivel! ¡La policía y el ejército nos persiguen, compañeros! ¡Hay órdenes de aprehensión contra los líderes del movimiento! ¡Propongo que el Consejo adopte una organización militar, que pasemos a la clandestinidad, que nos organicemos por células de tres miembros cada una, como en la película La batalla de Argel! ¡Sólo así podremos combatir al gobierno dictatorial!

Yo volteé hacia Raúl Álvarez Garín y comenté con ironía:

–Si este no es policía, yo soy un príncipe azul.

–Tienes razón, me dijo Raúl sonriendo, pero ninguno de los dos hicimos más deducciones.

 

En la asamblea del Consejo Nacional de Huelga que se realizó en la ESIME de Zacatenco se informó que numerosos contingentes del Ejército están estacionados por las calles donde se tiene programada la manifestación de la Plaza de las Tres Culturas al Casco de Santo Tomás.  Se tomó la determinación de suspenderla: se hará sólo el mitin en Tlatelolco, al estilo de los que se han realizado con anterioridad;  es decir, se usaría el tercer piso del edificio Chihuahua como tribuna y se instalaría el potente aparato de sonido que se había usado en otras ocasiones. De la instalación se encargarían los alumnos de la ESIME.

Se nombraron los oradores del mitin: hablarían David Vega, Mirtocleya, Florencio López Osuna, José González Sierra y Eduardo Valle.

El objetivo del mitin: informar sobre la situación, subrayar el significado triunfal que para el movimiento tenía la salida del ejército de Ciudad Universitaria, insistir en el cese de la represión y en las tres condiciones previas para el diálogo, y anunciar el estallido de una huelga de hambre por parte de los presos políticos.

Cuando la reunión entre los miembros del CNH y los representantes del presidente estaba a punto de naufragar, Andrés Caso intervino y se reanudó la conversación:

–Nosotros somos representantes del señor Presidente –hubo de reconocer Caso–, pero carecemos de facultades de decisión.

–Ante eso, creo que procede –dije yo–  que se establezca un diálogo de hechos: demos pasos positivos y concretos de uno y otro lado que contribuyan desactivar el conflicto.

Acordamos volver a reunirnos más adelante. Yo entendí en ese momento que ellos tenían que informar al presidente y pedir instrucciones para continuar el proceso de diálogo y concertación. Nosotros, por nuestra parte, haríamos lo mismo.

 

Durante la reunión con los representantes del presidente, Andrés Caso, un burócrata poco conocido, habló primero:

Señores  –dijo Caso–, el presidente de la República nos ha honrado nombrándonos, al licenciado De la Vega y a mí, sus representantes y nos ha pedido que realicemos las gestiones necesarias para establecer un puente de comunicación con los estudiantes inconformes. Esta actitud refleja la honda preocupación del señor presidente — preocupación que muchos mexicanos compartimos– por la evolución que ha tomado el conflicto. Siguiendo sus instrucciones, hemos solicitado al señor rector su amable mediación para organizar esta reunión.

Tomamos enseguida la palabra. Expusimos que la posición del Consejo Nacional de Huelga, era, como siempre, la de dialogar pero que antes deberían satisfacer las tres condiciones estipuladas en nuestro desplegado del día 24: cese de la represión, desalojo de las escuelas y liberación de los detenidos.

No bien terminamos, De la Vega, con una actitud agresiva y el rostro enrojecido, tomó la palabra:

–El Gobierno de la República no puede aceptar condiciones de nadie. Si alguien ha violado la ley son ustedes. Ustedes, con su conducta, están llevando el sacrificio de la juventud mexicana. Yo soy del PRI y lo digo con orgullo. Los gobiernos priistas han sido respetuosos de la ley y el actual  gobierno ha sido sumamente tolerante con los desórdenes que ustedes han promovido. El gobierno no puede aceptar las condiciones de nadie.

–Nosotros sólo dialogaremos – repusimos– cuando haya cesado la represión; dialogar bajo las actuales condiciones de la represión equivaldría a aceptar que prive  la fuerza sobre la razón.

–Entonces –dijo de la Vega– no tiene sentido continuar hablando.

El rector Javier Barros Sierra recibe en su casa a los representantes de gobierno, Jorge de la Vega Domínguez y Andrés Caso. Por parte de los estudiantes acudimos Luis González de Alba, Antonio Muñoz y yo.

Al presentarnos, el rector dijo: “Me complace recibir en mi casa a los señores representantes del Presidente la República y a los representantes estudiantiles. Mi deseo ferviente es que está conversación contribuya a solucionar el conflicto que enfrentamos. Señores: están en su casa, los dejo conversar”.

 

El Ejército destruyó gran parte de los laboratorios de la Facultad de Ciencias, así como la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Políticas de donde fueron extraídos unos libros y destruidos otros; que en la Facultad de Derecho, igualmente se encuentra la Dirección prácticamente destruida; desaparecieron $15,000.00  del interior de la Facultad de Ciencias, que eran para la compra de material fotográfico de laboratorio, la caja fuerte de la Escuela Nacional de Economía, fue violada y sustraídos documentos que valen culturalmente para la Universidad y así hay infinidad de destrozos en todas las facultades y escuelas y serán las autoridades en última instancia, las que determinen a quién responsabilizará de estas pérdidas.

CGH en conferencia de prensa en la Facultad de ciencias: Es voluntad de todo el estudiantado continuar manifestándose públicamente, para protestar por los actos de represión de que han sido víctimas; que no cederán a las pretensiones del Gobierno, porque tanta sangre derramada no puede quedar impune.

 

Un clima de terror y confusión se ha impuesto en el país, en vísperas de los XIX Juegos Olímpicos.

Los estudiantes, sin embargo, tuvimos otra oportunidad de demostrar la enorme fuerza que hemos logrado al realizar la manifestación silenciosa, que simboliza una humillación para las autoridades.

El temor queda atrás, la confusión, los rumores, los conflictos internos. Nos enteramos de que el gobierno calculó que la manifestación no pasaría de 10 mil personas… la asistencia fue de 300 mil… una sola medida ha levantado y reestructurado el movimiento, porque no hacía falta sino una cosa: devolver la confianza en nuestras propias fuerzas y encontrar un sentido a las tareas concretas, al trabajo común, y eso se ha logrado con esta manifestación.