Luis González de Alba

Dirigente estudiantil de la FFyL, UNAM

Durante el mitin  Sócrates Campos Lemus, otra vez dueño del micrófono,  preguntó a la multitud de un millón de personas ¿en dónde quería el diálogo público? , cientos de miles de gargantas corearon ¡Zócalo! ¡Zócalo! .

Sócrates ha decidido que estaba bien, y puso fecha: nos quedaríamos aquí hasta el 1o. de septiembre. El diálogo público tendría lugar en esas condiciones y con el presidente en persona. Tal resolución tenía un solo defecto: un millón de personas no iban a esperar cuatro días de pie aunque hubieran gritado ¡Zócalo! cuando Sócrates preguntó dónde querían el diálogo. Se dejó una guardia de 5 mil estudiantes que ya no representaban ningún problema si el gobierno decidía usar la fuerza para desalojarlos

 

 

Hoy apareció la declaración del Consejo Universitario. La máxima autoridad universitaria se solidariza con las peticiones hechas por el CNH al gobierno de la República. Oficialmente, con todo su prestigio y autoridad moral, el Consejo Universitario apoya las demandas que sectores cada vez más amplios de la población hacen suyas.

Cuando terminó la manifestación del 13, de todas las bocacalles salía la gente con banderas, muchachos y muchachas que doblaban las mantas, las extendían entre dos como si fueran sábanas, guardaban carteles y se subían a los camiones de sus escuelas, ya atestados, para regresar a la guardia en las azoteas, a la torta entre las tres y las cuatro de la mañana, los tacos a las voladas en una taquería de Insurgentes, el café caliente, la risa, la felicidad que da el triunfo. Todos éramos felices… No sé por qué apagaban el alumbrado público, y nosotros regresábamos del Zócalo a oscuras y recorríamos Juárez, Reforma, guiándonos por la luz de los faros de los coches… ¡Era magnífico! ¡Era un sueño! ¡Reíamos!.

Al entrar en la calle Cinco de Mayo escuchábamos, retumbantes, las porras de los contingentes delanteros. La sorpresa producía un breve silencio que no duraba más de algunos segundos. En seguida se desencadenaba una explosión de alegría, porras, gritos y, por supuesto, insultos. De muchas cuadras adelante, rebotando por encima de nosotros, de un lado a otro de la calle, empezó a llegar rítmico, sonoro, producido por decenas de miles de gargantas, el grito de entrada al Zócalo, al intocado Zócalo: “¡Sal al balcón, hocicón! ¡Sal al balcón, hocicón! ¡Sal al balcón, hocicón!” Las banderas rojas, que algunos ya arrastraban sin muchas ganas, volvían a flamear entre el aplauso de la multitud aglomerada en las aceras.

En esta tercera manifestación tenemos que llegar al corazón de la vida del país: el Zócalo, una de las plazas más imponentes del mundo (¡hasta De Gaulle se emocionó!) Tenemos que gritarle al dador de vida, al gran Tlatoani, a nuestro papacito, a Dios, toda nuestra indignación, todos nuestros insultos que nos vengan a la cabeza. ¿Por qué no? No en balde destrozaron la puerta de San Ildefonso con su bazucazo –400 años de madera viva , tallada, hermosa–. Por primera vez se hace oír una multitud indignada, una multitud de ciudadanos conscientes de sus derechos.

El mitin de ayer es importante porque ahí se formalizaron, por primera vez, nuestras demandas. La lucha se centra en ellas.

Además, con el plazo de 72 horas que fijamos para que el gobierno resuelva, alcanzamos un triunfo: la consolidación definitiva de la huelga permanente en el D.F. y el inicio de la huelga nacional.

 

En todas las ventanas hay gente aplaudiendo y arrojando periódicos para que se protejan de la lluvia. El rector y toda la descubierta se están tapando con los periódicos que arrojan desde el multifamiliar.

A dos cuadras del lugar donde dimos vuelta para emprender el regreso por la avenida Coyoacán estaba el ejército con ametralladoras montadas sobre camiones y con transportes militares en las bocacalles.

Ayer, recibí una llamada: “El ejército acaba de entrar a la preparatoria;  tiraron la puerta con un mortero”.

Yo tenía cada vez más presente la desagradable sensación de impotencia, rabia y miedo que produce una ocupación militar: es lo más parecido a ver un ejército enemigo desfilando en triunfo por las calles de la ciudad derrotada; uno nunca llora, pero siente como si lo estuviera haciendo