Octavio Paz

Escritor, poeta, ensayista y diplomático mexicano

El movimiento estudiantil y la celebración de las Olimpiadas en México son hechos complementarios: los dos bajo el signo del relativo desarrollo del país. Lo discordante, lo anómalo y lo imprevisible fue la actitud gubernamental. ¿Cómo explicarla? Por una parte, ni las peticiones de los estudiantes ponían en peligro el régimen, ni éste enfrentaba una situación revolucionaria; por la otra, ningún acto de ningún gobierno –ni siquiera el de Francia, ése sí amenazado con una oleada revolucionaria– tuvo la ferocidad, no hay otra palabra, de la represión mexicana.

El gobierno prefirió apelar a la fuerza física y a la retórica “revolucionario-institucional”. En ningún momento se advirtió el deseo de “hacer pública la vida pública” y abrir el diálogo con la gente. Las autoridades propusieron la negociación, sólo que entre bastidores; las pláticas abortaron porque los estudiantes se negaron a aceptar este inmoral procedimiento.

La actitud de los estudiantes le daba el gobierno la posibilidad de enderezar su política sin perder la cara. Nadie esperaba un cambio radical, pero sí mayor flexibilidad y una vuelta a la tradición de la Revolución Mexicana, que nunca fue dogmática y sí muy sensible a las mudanzas del ánimo popular. Se habría roto así la cárcel de palabras y conceptos en que el gobierno se ha encerrado, todas esas fórmulas en las que ya nadie cree y que se condensan en esta grotesca expresión con que la familia oficial designa el partido único: el Instituto Revolucionario.

Anoche, por la BBC de Londres me enteré de que la violencia había estallado de nuevo. Las fuerzas armadas dispararon contra la multitud, compuesta en su mayoría por estudiantes. El resultado: más de veinticinco muertos, varios centenares de heridos y un millar de personas en la cárcel. Ante los acontecimientos últimos, he tenido que preguntarme si podía seguir sirviendo con lealtad y sin reservas mentales a mi Gobierno. No quisiera decir aquí, en donde he representado a mi país por más de seis años, lo que no tendré empacho en decir en México: no estoy de acuerdo en lo absoluto con los métodos empleados para resolver (en realidad: reprimir) las demandas y problemas que ha planteado nuestra juventud.

 

Con motivo de los hechos registrados ayer en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, escribí un poema en Nueva Delhi.

Lo comparto:

¿Cuántos murieron? En México ningún periódico se atreve a publicar las cifras. Daré aquí la que el  periódico inglés The Guardian, tras una investigación cuidadosa, considera como la más probable: 325 muertos. Los heridos deben haber sido miles, lo mismo que las personas aprehendidas. El 2 de octubre de 1968 terminó el movimiento estudiantil. También terminó una época de la historia de México.

Desde el principio los estudiantes revelaron una notable habilidad política. Su instantáneo descubrimiento de la democracia directa como un método para rejuvenecer al movimiento y  no alejarlo de su frente original, la colectividad; su insistencia en sostener un diálogo público con el gobierno, en un país acostumbrado a las componendas entre bastidores y la corrupción palaciega; la moderación de sus demandas englobadas en la palabra democratización aspiración nacional de los mexicanos desde 1910… Todo esto es un ejemplo de madurez y aun de sabiduría política.

 

El movimiento estudiantil se inició como una querella callejera entre bandas rivales adolescentes. La brutalidad policíaca unió a los muchachos. Después, a medida que aumentaban los rigores de la represión y crecía la hostilidad de la prensa, la radio y la televisión, en su casi totalidad entregadas al gobierno, el movimiento se robusteció, se extendió y adquirió conciencia de si. En el transcurso de unas cuantas semanas apareció que los estudiantes, sin habérselo propuesto expresamente, eran los voceros del pueblo. Subrayo: no los voceros de esta o aquella clase, sino de la conciencia general.

 

A diferencia de los estudiantes franceses, los mexicanos no se proponen un cambio violento y revolucionario de la sociedad ni su programa tiene el radicalismo de los muchos grupos de jóvenes alemanes y norteamericanos. Tampoco aparece la tonalidad orgiástica y pararreligiosa de los hippies. El Movimiento es reformista y democrático, a pesar de que algunos de sus dirigentes pertenezcan a la extrema izquierda.

 

Acostumbrados al monólogo e intoxicados por una retórica altisonante que los envuelve como una nube, nuestros presidente y dirigentes difícilmente pueden aceptar que existan voluntades y opiniones distintas a las suyas. Ellos son el pasado, el presente y el futuro de México. El PRI no es un partido político mayoritario: es la Unanimidad. El presidente no es la autoridad política máxima: es la encarnación  de la historia mexicana, el poder somo sustancia mágica transmitida desde el primer tlatoani a través de virreyes y presidentes.