12 de octubre

Un oficial me jaló sacándome de la fila de detenidos. Entre insultos me hizo llevar por otros soldados hasta un edificio cercano de una planta. Era una galería de celdas para visitas conyugales de los presos. Me hicieron entrar en la primera celda que tenía aproximadamente tres metros de largo por dos de ancho y dentro de la cual había como único inmobiliario una litera metálica con un colchón encima. Al hacerme entrar en esa ratonera, el oficial, que no ocultaba su furia, le quitó el colchón a la litera diciendo:

–¡Tú no mereces dormir bien, hijo de la chingada!

Al cerrarse la puerta de la celda, quedé por fin solo (…) No pensé nada.  Mi cabeza giraba y las extremidades me temblaban. Me recosté sobre el tambor desnudo de la cama y, aunque me dolía todo el cuerpo, me dormí. El frio era entumecedor (…) No sé a qué hora llegó un pelotón de soldados. En ese grupo había un chaparro siniestro que nos había señalado la noche anterior y me miraba constantemente con odio mortal, al mismo tiempo que no perdía oportunidad de golpearme con la culata de su rifle:

–Pinche comunista, ¿no que eres muy cabrón? Ahora si te va a llevar la chingada.