12 de octubre

Me sacaron de la celda y me condujeron a la oficina en donde estaba un oficial de alta graduación tras un escritorio. Junto a él, de pie, otro oficial, al parecer de menor rango. El del escritorio era un hombre moreno, de bigote abundante, estatura regular, de aspecto regordete; el otro era rubio, alto y robusto. El del escritorio me preguntó:

–Dime tu nombre

–José Santiago Díaz, contesté.

-¡A mí no me vas hacer pendejo! ¡Tú verdadero nombre!

-José Santiago Díaz

Dándome la espalda, el rubio descargo de repente un golpe brutal contra mi pecho:

–Mira, cabrón, los conozco bien a ustedes. Pinches universitarios. Yo trabajé varios años en el centro de cálculo de la UNAM. Tú no te llamas como dices.

Yo estaba en el suelo, sofocado, cuando el militar me ordenó:

-¡No voltees hacia la puerta, cabrón! ¡No voltees!

Alguien se colocó en la entrada, proyectando su sombra nítida en el interior del cuarto. Luego se retiró. Entendí que alguien me había identificado.

–¡Sabemos quién eres, hijo de la chingada! Pero tú nos lo vas a decir.

Nuevos golpes.

-Me llamo Gilberto Guevara Niebla.

— Me vas a decir, algo hijo de la chingada: ¿dónde se oculta Perelló? ¿Dónde?

–No sé.

Me volví a poner de pie. En ese momento un militar regordete, de aspecto “humano” se me acercó por otro lado gritándome con voz suplicante:

–¡Habla, muchacho! ¡Habla! Si no hablas te van a matar ¡Te van a matar!

El alto volvió  a golpearme en la cara brutalmente. Mi cabeza parecía estar a punto de estallar. Sentí el sabor de la sangre en la boca. Entonces escuché a mi propia voz ajena, remota, desconocida, destrozada por la tortura.

–Calle Balderas número 55.

–¡Ya estuvo! – exclamó el gorila

— ¿Ve usted, señor, que todos estos pinches comunistas son unos miserables?